Desde detrás de las rocas que se alzaban al pie de la inmensa montaña salieron y se acercaron sigilosas, a la luz de la luna, sombras borrosas, sombras con la cabeza envuelta, sombras armadas, sombras duras, despiadadas. Las sombras pasaron fluyendo por delante de la estrechísima ventana de la casa. Se agolparon ante la puerta de madera, rota de un golpe seco. Una de las sombras entró antes de que la familia despertara y, sin darle tiempo a entender qué pasaba, agarró por el cuello de la camisa al hermano mayor de Fırat, que dormía a su lado; Fırat tenía doce años, y su hermano, dos más. Después, entre todas, convirtieron al muchacho en una sombra como ellas. Luego se retiraron en silencio por la puerta por la que habían venido. Pasaron una tras otra, fluyendo, por delante de la ventana y, avanzando hacia los peñascos de los que habían venido, se fundieron en la inmensa oscuridad de las montañas y desaparecieron.
Justo después de que todo aquello ocurriera en un abrir y cerrar de ojos, su padre encendió el quinqué. Su madre salió descalza de un salto y chilló «¡Hijo mííío!», como quien maldice a la oscuridad, o quizá como quien suplica. Aquel alarido de madre estaba lleno de dolor y desamparo. Nada más oírse el alarido, se encendieron los quinqués de la aldea. Las sombras de los aldeanos danzaron por el sendero de la aldea. Las sombras danzantes se alinearon en silencio delante de sus casas. Todo olía a miedo. El miedo es como una espina que se clava en el corazón y que es peligroso arrancar: si la arrancas, sangra, y si no la arrancas, quema.
El miedo, semejante a una espina, mezclado con el dolor, la incertidumbre, la agitación y la duda, llovía sobre las sombras alineadas delante de las puertas. Solo una sombra, arrodillada delante de las demás, se mesaba con las dos manos el pelo largo y revuelto y chillaba y chillaba a voz en cuello. El padre agarró del brazo a su mujer, que se mesaba el pelo delante de las sombras, y la levantó. En eso, desde las montañas llegó el eco de un único disparo. Nada más oírse el disparo, las sombras que había delante de la casa se echaron al suelo boca abajo y apagaron los quinqués que llevaban en la mano. Luego las sombras ondularon a la luz de la luna y se confundieron unas con otras. Se dispersaron igual que se habían reunido. Mientras las sombras se dispersaban, la madre, sentada en la piedra de delante de la puerta, gemía de dolor: «¡Cabrones, matadme! ¡O me matáis o me devolvéis a mi Çeto!».
Aquella noche la familia no durmió hasta que despuntó el día. Nadie habló con nadie. Compartieron su dolor en silencio. El dolor, cuando se comparte en silencio, se parece a un profundo corte de cuchillo. La familia tenía ocho hijos: las tres hermanas mayores de Fırat, su hermano mayor Çeto, él mismo, dos hermanas pequeñas y el hermano más pequeño de todos.
Al despuntar el día, junto con un olor a gasolina, llegó a su puerta una camioneta llena de soldados. El comandante que iba al frente de los soldados, nada más bajarse, agarró por el cuello de la camisa al padre de Fırat y empezó a abofetearlo vociferando: «¡Maldito desgraciado! ¿Has sido tú, maldito, quien ha entregado a tu hijo a la organización como miembro?».
El comandante, duro…
El comandante, fuerte…
El comandante, un hombre enérgico convencido de tener razón…
Los demás soldados, con el dedo en el gatillo, rodearon el lugar. Cuando al padre se le llenaron de sangre la boca y la nariz, la madre llegó corriendo y se abrazó a las enormes manos del comandante. Luego, con una voz desvalida e inocente, empezó a suplicar:
—¡No lo haga, comandante, pare, comandante! ¿Por qué íbamos a entregar a nuestro hijo? Vinieron de noche y se lo llevaron. Ustedes son el Estado, ustedes son los fuertes. Y son ustedes los que me van a traer de vuelta a mi hijo —dijo.
Entonces el comandante apartó con brusquedad sus manos de las de la madre y la miró con rabia. Como si no tuviera delante a una persona, sino a un microbio, a un animal sin valor o a una colilla que acabara de aplastar con el pie, escupió sus palabras delante de todos:
—Cuando os conviene, «Ustedes son el Estado, ustedes son los fuertes»; y cuando no os conviene, «Ustedes son asesinos, son malos». Le dais pan a la organización, les dais cobijo; y cuando os hacen daño, venís a refugiaros en nosotros. ¿Es que sois una plaga para el Estado, malditos?
La última frase la había dicho levantando la mano y alzando la voz. Las frases anteriores, en cambio, con una voz burlona y aflautada… Todo su discurso era amenazador y agresivo.
El padre, con la mirada en el suelo, habló con voz temblorosa:
—Dígannos, comandante, ¿qué hacemos? ¿Nos pegamos todos un tiro?
El comandante suavizó un poco la voz y se revistió de una falsa ternura:
—Ado Efendi, ¿no os he reunido mil veces en la plaza de la aldea para deciros: «Desalojad esta aldea, aquí no es seguro»? ¿No fui hace apenas tres días de puerta en puerta con el alcalde para deciros: «Desalojad esta aldea de inmediato, es una orden del Estado»?
—Lo ha dicho, sí, lo ha dicho, pero ¿basta con decirlo, comandante? Mi abuelo nació aquí, mi padre vivió en esta casa, en esta aldea. Yo me crie en esta casa, mis hijos nacieron en esta casa. Aunque seamos pobres y necesitados, tenemos un orden, unas costumbres. Ya se sabe, somos gente sin recursos. Si salimos de aquí, ¿dónde vamos a vivir, cómo nos vamos a ir, con qué dinero y adónde nos vamos a instalar? ¿Cómo no piensa en eso el Estado que nos dice «Marchaos»? Pase que nosotros seamos ignorantes y no entendamos; pero ¿es que tampoco lo entiende el Estado? ¿No saben los altos cargos del Estado, cuando dicen eso, que no hay manera de hacerlo? ¿Es que no tiene cada cosa sus reglas y sus usos, comandante?
—¡El Estado no va a aprender reglas y usos de ignorantes como vosotros! Yo de esto y de lo otro no entiendo, Ado Efendi. Nosotros también somos unos mandados; lo que diga el Estado, eso se hace. Mira, no hicisteis caso, ¿y qué ha pasado? Ahora vienes a quejarte: «Me han secuestrado a mi hijo». ¿Cómo sé yo que no fuiste tú quien entregó a tu hijo a la organización? ¿Cómo sé yo que, cuando lo hayan adiestrado, no vendrá a pegarles un tiro a estos mozos de aquí?
Mientras decía esto, señaló con la mano a los soldados que los rodeaban.
—¡Dios no lo quiera, comandante! Encuentren a mi hijo y tráiganmelo.
—¡Ya, ya! ¿Así que tengo que poner en peligro la vida de mis soldados por ese mocoso de tu hijo? ¡Igual que entregaste a tu hijo, ve y recupéralo!
—Si ustedes no nos protegen, esto no se acaba nunca, comandante. Si el Estado no nos acoge bajo sus alas, la organización acaba con nosotros. Cuanto más acaban con nosotros, más rencor le guardan nuestros hijos al Estado. El hombre es el eco del hombre; cuanto más fuerte gritas, más fuerte te llega de vuelta.
El comandante, que no tenía respuesta que dar, lo miró torvo, con cara de pocos amigos. Después se subió con sus soldados a la camioneta y se alejó a toda prisa. La nube de polvo, larga y fina, que levantó la camioneta llovió sobre los que se quedaron atrás. El pelo, los bigotes y la ropa de aquellos sobre los que llovía el polvo tomaron un color pardo. O habían sido así desde siempre, o en aquel momento habían parecido una parte natural del campo pardo que los rodeaba.
Aquel suceso de doce años atrás lo recordó Fırat, que ya tenía veinticuatro años, mientras lanzaba deprisa el mortero contra la pared con la paleta, como si lo estuviera viviendo de nuevo. Al recordarlo, se entristeció. Dejó la paleta a un lado. Se frotó las manos, quemadas por el cemento, se sacudió los restos de mortero y se dejó caer sobre el andamio de madera desde el que enlucía.
Metió la mano derecha por debajo del jersey que le había tejido su madre, sacó uno de los cigarrillos del bolsillo de la camisa y lo encendió. Aspiró el humo y lo sopló al vacío. Era como si en el humo que soplaba se hubieran mezclado sus penas, sus problemas, su tristeza, su amor, su dolor y su añoranza. Tenía en la boca un sabor extraño, acre. Eran cosas que no se iban de un solo soplo…
Como siempre, pensó en qué habría sido de su hermano Çeto. ¿Habría muerto o seguiría vivo? Si estaba vivo, ¿cómo podría encontrar su rastro? Pensando en su madre, que llevaba doce años suspirando y se había quedado canosa, también él soltó un hondo suspiro. Le dio una larga calada al cigarrillo, que ya casi le llegaba al filtro, lo cogió entre el pulgar y el índice y lo tiró con fuerza. Mientras volvía a lanzar el mortero contra la pared con la paleta, revivió una vez más aquel día en su mente.
Cuando el comandante se marchó con sus soldados levantando una polvareda, el padre entró en casa y dijo: «Nos tenemos que ir, no hay más remedio». La madre, con los ojos hinchados de tanto llorar, miró al padre con los ojos húmedos:
—¡Antes me muero que irme y dejar a mi Çeto en las montañas, en manos de la organización! ¿Y además adónde vamos a ir, y cómo? —gimió con dolor.
—Esto no va a terminar bien, mujer. Tenemos otros siete hijos. Si nos quedamos aquí, en cualquier momento nos puede pasar algo más. ¡Irse no puede ser más amargo que morir o que perder a otro hijo! ¡De hambre no se muere nadie; no nos vamos a morir! ¿Y además no es Dios quien da el sustento?
El padre había dicho una cosa, había dicho otra; al final había conseguido convencer a la madre.
Primero se vendieron los animales. Con el poco dinero que sacaron bajaron a pie y a duras penas del caserío al pueblo, y de allí a la ciudad. En la ciudad cogieron el autobús de Estambul. Al llegar a Estambul fueron al barrio donde vivían sus paisanos y alquilaron una casa destartalada, hecha de cualquier manera.
Al día siguiente, cuando su padre volvió del café del barrio, le dijo a Fırat: «Fıro, mañana por la mañana vendrá a buscarte un paisano; te llevará a la obra de aprendiz de yesero». Desde aquel día trabajaba de yesero. Primero había sido aprendiz, y luego había pasado a oficial.
Por aquellos días había visto a Zehra, que era su vecina y su paisana. Al pasar Zehra dando saltitos delante de él como un gorrión, había sido como si se lo llevara a rastras tras de sí. Aquel día el corazón se le había ido tras un gorrión. Desde entonces se cruzaron sus miradas durante mucho tiempo, y luego empezaron a hablar. Años después, Fırat se fue a la mili. Mientras cumplía el servicio militar, escuchó con los cinco sentidos, con la esperanza de encontrar algún rastro de su hermano, lo que contaban los soldados de otras unidades sobre la lucha contra la organización, pero, por desgracia, no dio con ningún rastro.
Hacía seis meses que había vuelto de la mili. Su familia iba a ir uno de estos días a pedir la mano de Zehra. En medio de tanto dolor, quizá lo único que le hacía bien era Zehra. Por ella valía la pena soportar todas las dificultades. A pesar de todo, la vida le parecía hermosa. Porque en la vida estaba Zehra; estaba abrazarla, olerla, cogerle las manos y mirarla a los ojos.
Recreaba sin cesar en su mente la ilusión de comprar un día un terrenito en algún sitio lejano, levantar sobre él con ladrillos una casa pequeña como una caja y enlucirla con sus propias manos. Dentro de él había una esperanza, pero algo cuyo motivo no conocía ensombrecía esa esperanza. Todo lo bueno que pudiera pasarle lo había inquietado siempre. Precisamente esa inquietud cuyo origen no conocía le había puesto difícil, cada vez, llegar a las cosas hermosas. Ahora sentía la misma inquietud ante la idea de unirse por fin a Zehra. ¿Le impediría aquel sentimiento que le desbordaba por dentro, y cuyo origen no lograba conocer, unirse a Zehra?
Estampó con rabia contra la pared el mortero de la paleta. Era como si lo hubiera estampado contra la pared para que los malos pensamientos se quedaran congelados dentro del cemento. Miró el reloj. Ya casi era la hora de plegar. Juntó la paleta, la pala y la carretilla para lavarlas. Era pleno invierno. El tiempo era duro y lluvioso. Por eso había encendido un fuego dentro de un bidón de lata en el sitio donde trabajaba. Después de lavarse las manos, las acercó al fuego y se las calentó frotándoselas. Las quemaduras del cemento le habían abierto grietas profundas en las manos. De una de aquellas grietas brotó un hilo finísimo de sangre. No le dio importancia. Estaba acostumbrado a esas cosas.
Desde lejos lo llamó Recep, uno de los fontaneros de la obra, que venía hacia él:
—Fırat el Kurdo, ¿ya has plegado? Y veo que tienes un buen fuego; déjame que me caliente un poco las manos —dijo.
—Caliéntate, maestro Recep. Yo me voy. Cuando te hayas calentado, no te olvides de apagar el fuego.
—Podríamos haber charlado un rato. ¿Qué pasa, por qué te escapas tan deprisa?
—Tengo que preparar cosas con los míos. Es que mañana por la noche vamos a pedir la mano de una chica para mí…
—¡Vaya, enhorabuena, que sea para bien!
—Gracias, maestro Recep, gracias —dijo, y se alejó de allí.
Cuando llegó a casa al anochecer, encontró a su madre sentada junto a la ventana, absorta.
—¿Estará cayendo esta lluvia también ahora allí donde está mi Çeto, Fıro? —preguntó su madre. De hecho, no había un solo día en que su madre no hablara de Çeto.
—No sé, madre. Ya basta; no sabemos si está muerto o vivo. Ni siquiera sabemos dónde está.
—Si fueras madre no dirías eso, Fırat mío. Si fueras madre no dirías eso. ¡Está vivo! Si hubiera muerto, lo habría sentido sin duda. Las madres lo sienten.
—Si Dios quiere, madre. Si Dios quiere, estará vivo y un día vendrá a encontrarnos.
—Vendrá, sí, vendrá. Lo sé.
—Madre, ¿habéis mandado recado a casa de Zehra? ¿Vamos mañana por la noche?
—Lo hemos mandado, hijo, lo hemos mandado. Tu padre les ha enviado recado; nos esperan mañana por la noche. A tus hermanas mayores y a tus hermanas pequeñas ya las hemos casado. Solo nos quedáis tú y tu hermano pequeño. Ahora te vas a ir tú también; eso es lo que me da miedo.
—¿Y adónde me voy a ir yo, madrecita? Alquilaré una casa aquí cerca. Tú no te preocupes; vendremos a verte todas las noches. Hasta tú te vas a cansar de nosotros.
—¿Cómo va uno a cansarse de un hijo, cómo va a cansarse? ¿Pero qué cosas dices?
Su padre trabajaba desde hacía años como portero en una fábrica. Al cabo de un rato llegó él también. Hablaron del asunto de la pedida, vieron la televisión, cenaron. Su madre volvió a sacar el tema de Çeto. Como a la noche siguiente iban a pedir la mano de Zehra, había entrado en sus vidas un color nuevo. Eran una familia que vivía con estrecheces y apreturas. Aunque no lograban adaptarse del todo a la vida de la ciudad, intentaban sostenerse en algún lugar entre la aldea y la ciudad.
No eran infelices, ni tampoco felices. Como millones de personas, eran gente cuyos días eran todos iguales. Pero también aquellos cuyos días eran todos iguales tenían, de tarde en tarde, momentos distintos y emocionantes. Gracias a los preparativos de la pedida, ellos también estaban viviendo uno de esos días.
Las nubes negrísimas que llenaban el cielo impedían casi del todo que la luz llegara a la tierra y habían convertido el día en la media luz del anochecer. La gris ciudad de Estambul se había vuelto aún más gris. La lluvia parecía a punto de caer de un momento a otro.
Fırat caminaba descalzo por avenidas y calles. De pronto llegó a un callejón sin salida. Al fondo del callejón apareció una borrosa silueta humana. Fırat, con miedo, caminó hacia aquella silueta. A medida que se acercaba, la silueta empezó a hacerse más nítida. Era Çetin, su hermano mayor, que tenía catorce años. No había crecido nada; estaba ante él tal como era cuando se lo llevaron los hombres sombra.
—Çeto —gimió Fırat, pero no le salió la voz.
Çeto lo miraba fijamente, sin pestañear. Era como una estatua congelada. Miró primero al suelo, luego al cielo, y después a Fırat. Sus ojos, fríos como el hielo, recordaban la mirada sin sentido de un muerto. Luego extendió las manos paralelas al suelo. De sus manos empezó a manar sangre como el agua que sale de una fuente a presión.
Fırat corrió a cogerle las manos a Çeto e intentó detener la sangre. La sangre le salía a Çeto casi a chorros de las yemas de los dedos. Fırat quedó bañado en sangre. La sangre empezó a llenar la calle, a entrar en las casas y a subir cada vez más. Çeto y Fırat estaban metidos en la sangre hasta el cuello. Luego la sangre subió, subió; empezó a entrarles a los dos en la boca. A punto de ahogarse, Fırat dio un alarido con un último esfuerzo.
Abrió los ojos cuando su madre lo sacudió con fuerza.
Le chorreaba el sudor de la frente, del cuello y de debajo de los ojos.
—¿Has tenido una pesadilla, hijo? Nos han despertado tus voces —dijo su madre.
Fırat se había quedado en algún lugar entre el sueño y la realidad. El sueño había sido tan real que casi le impedía volver a la realidad. Cuando por fin se recompuso y volvió a la realidad, Fırat prefirió no contarle el sueño a su madre. Para esquivar su pregunta, dijo solamente:
—No sé, madre, no me acuerdo.
En ese momento se oyó a lo lejos la llamada a la oración. Al oírla, Fırat comprendió que había amanecido.
—Hoy no voy a ir a trabajar, madre. Zehra y yo vamos a ir a comprar los anillos de compromiso. Duerme tú, que yo voy a dormir un poco más y luego me levanto.
Mientras lo arropaba, su madre le dijo:
—Duerme tú, hijo. Yo, cuando termine de rezar, pongo el té y luego te despierto.
Eso dijo su madre, pero, mira por dónde, Fırat ya no pudo volver a dormirse. Clavó los ojos en el techo y se puso a pensar. Qué extraña era la vida, incluso incomprensible. Quizá la vida sí se podía entender y era él quien no entendía. Aunque no se lo dijera a su madre, una voz en su interior le daba la razón. Sí, Çetin podía estar vivo. La organización, después de secuestrar a niños así, les moldeaba la mente, los formaba como militantes enemigos del Estado y los empujaba a la guerra.
También Çetin podía haber sido formado de este modo y empujado a la guerra. Fırat, por su parte, había hecho la mili, había servido dieciocho meses como soldado turco y había vuelto. En cambio, su hermano mayor, con el que había salido del mismo vientre, con el que había metido la cuchara en la misma olla y al que se habían llevado de su lado mientras dormían en la misma cama, podía haber sido formado como un enemigo encarnizado de los soldados turcos.
No lograba entender quién enemistaba al hermano con el hermano, a qué y a quién servía aquello. Y, sin embargo, ¿qué problema podía tener un hermano con su hermano? Hermanos aparte, ni siquiera un kurdo y un turco tenían en realidad ningún problema entre ellos. En Estambul nadie le había dicho «Eres kurdo; aquí no puedes entrar, esto no puedes comprarlo». Tampoco él había sentido nunca enemistad hacia un turco. Tanto su padre como él habían hecho la mili, y sus abuelos habían luchado por esta tierra. Entonces, ¿qué era lo que no había podido protegerlos en su aldea y casi los había desterrado a esta ciudad? ¿Por qué la pelea entre el kurdo y el turco crecía entre los de arriba, mientras que entre la gente la vida de cada día fluía por su propio cauce?
Entenderlo no era posible. Quizá sí era posible y era él quien no entendía. Pero, pasara lo que pasara, tenía el corazón dolido con el Estado.
Tenía el corazón dolido con el Estado porque no había encontrado ni le había traído de vuelta a su hermano secuestrado, porque los había echado de su aldea, porque en su momento los había insultado y porque a él lo había privado del derecho a la educación. A medida que recordaba su infancia, ahora lo entendía mejor. La organización venía y decía: «Si no nos dais harina, azúcar, aceite; si no nos traéis del pueblo lo que os pedimos, os matamos». Luego venía el Estado y decía: «Si ayudáis a la organización, os pegamos, os matamos, os ahorcamos, os degollamos, os desterramos».
Ahora entendía mucho mejor qué desgracia era quedar atrapado entre esos dos fuegos en lo alto de la montaña. Cuanto más lo entendía, más se enfadaba y se sentía dolido, tanto con la organización como con el Estado. Y cuanto más se enfadaba y se sentía dolido, más lástima sentía por su madre, por su padre, por sus hermanos, por sus paisanos y por su propia vida.
Mientras daba vueltas inquieto en la cama, absorto en estos pensamientos, la voz de su madre lo sobresaltó:
—Fıro, el desayuno está listo. Tu padre y yo te estamos esperando.
Al oír la voz, se levantó y descorrió la cortina. Nada más descorrerla, la luz fluyó hacia dentro como el agua y lo llenó todo. El cielo estaba cubierto. Las nubes negrísimas que había visto en sueños la noche anterior empezaban a juntarse en el cielo. Los gatos revolvían la basura en la calle.
Aquel era uno de esos barrios a los que llaman ilegales, donde vivía la gente venida del Este y del Sureste. Las casas tenían una, dos, tres plantas; aquí y allá, cuatro o cinco. Unas estaban enlucidas, otras sin enlucir; unas tenían tejado, otras no. Todas se habían construido sin plan urbanístico. En aquellos barrios todo el mundo se conocía y sabía quién era quién. Aunque a menudo había peleas, con los años aquello se había convertido para ellos en un verdadero hogar.
Sus hermanas mayores y sus hermanas pequeñas también se habían casado con hombres de aquel barrio y se habían instalado allí. Con los años, la gente del barrio le había arrancado al ayuntamiento, palmo a palmo, el agua, el asfalto, la electricidad y el transporte; había levantado con sus propias manos sus casas, sus calles y su vida.
Cuando puso las manos agrietadas bajo el agua, sintió de nuevo, como todas las mañanas, el fino escozor al que estaba acostumbrado. No le dio importancia. Se lavó la cara y las manos y se sentó a la mesa del desayuno.
—¿Has tenido una pesadilla esta noche, hijo? Has dado muchas voces —le preguntó su madre, y así devolvió los pensamientos de Fırat a la mesa del desayuno.
—Ya te lo he dicho, madre, no me acuerdo —contestó.
—Bueno, pues desayuna. Así que Zehra se está arreglando; después de desayunar irás a buscarla, me has dicho. Vais a ir juntos a mirar anillos.
—Que sea para bien, madre —dijo Fırat.
Y su padre, diciendo «Que sea para bien, sí, que sea para bien», completó la frase de Fırat.
Después del desayuno salió de casa y llamó a la puerta de Zehra, que vivía en la calle de detrás. Zehra, como si estuviera esperando ya lista detrás de la puerta, abrió enseguida y salió. Se cruzaron sus miradas. Fırat le cogió la mano a Zehra y empezaron a caminar juntos por la calle.
—Va a llover —dijo Fırat.
—Sí —contestó Zehra.
—¿Te has abrigado bien? —preguntó Fırat.
—Me he abrigado, me he abrigado —dijo Zehra.
—Que sea para bien: ahora que por fin vamos a ir a pedir tu mano, siento una emoción extraña por dentro —dijo él, y Zehra se apresuró a responder:
—Ni me lo digas, a mí también me parece que el corazón se me va a salir del pecho.
Caminaron un rato en silencio hasta la parada. Sus manos entrelazadas les daban fuerza a los dos. Era como si se hubieran convertido en un solo cuerpo frente al viento de la vida y caminaran juntos.
Empezaron a brillar relámpagos. Soplaba un viento frío y ligero del nordeste que hacía susurrar los árboles y arrastraba por el suelo los papeles y los trozos de plástico tirados. Bajaron a la avenida principal, siete calles más abajo del barrio. Entraron en la única joyería de la avenida y compraron, de los más baratos, un anillo de compromiso para cada uno.
Al salir, Fırat dijo:
—Hoy no voy a ir a trabajar. ¿Quieres que te baje un rato a la ciudad y te lleve a dar una vuelta? Volvemos por la tarde.
Como si estuviera esperando una propuesta así, Zehra se apresuró a responder:
—Me encantaría, venga, llévame a dar una vuelta.
El pelo largo, rizado y ensortijado de Zehra hacía resaltar aún más sus grandes ojos verdes. Su nariz pequeña y pecosa quedaba graciosa entre los pómulos marcados. Tenía los labios carnosos y húmedos. Cuando sonreía, la sonrisa se le abría de oreja a oreja y en su boca grande asomaban unos dientes blancos como perlas. Era una chica guapa.
Fırat, en cambio, era alto y moreno; tenía el pelo liso y corto. Los ojos negros bajo las cejas pobladas miraban el mundo con una expresión brumosa y triste. En la aldea, todos decían que en lo que más se parecían Fırat y Çeto era en los ojos.
Cogieron el autobús municipal y fueron a Eminönü. Pasearon por el muelle. Contemplaron el mar desde detrás de la barandilla del puente de Gálata. Comieron bocadillos de pescado y, para acompañarlos, bebieron zumo de nabo fermentado.
Caminaron hacia Mahmutpaşa entre la multitud, con las manos entrelazadas. Fırat le compró a Zehra en los puestos baratijas y abalorios, y también un pañuelo estampado para la cabeza. Ardía y se consumía en deseos de comprarle a Zehra, si hubiera tenido dinero, todo lo que veía y le gustaba. Con sus escasos medios, no dudaba en darle todo lo que podía.
Eran gente que sabía ser feliz con poco. No conocían la infelicidad interminable de quienes corren tras los grandes deseos, sino que daban gracias por lo que tenían y se conformaban con ello.
Después de recorrer la plaza de Sultanahmet, siguieron andando de nuevo de la mano hasta la plaza de Beyazıt. Se había hecho bastante tarde.
—Vámonos ya —dijo Zehra.
—Sí, venga, vámonos —dijo Fırat.
En ese momento, las nubes que se habían ido acumulando desde la mañana y los relámpagos que caían trajeron por fin la lluvia. De pronto empezó un aguacero. Con el pelo mojado, corrieron a refugiarse en la marquesina de la parada. En la parada muchas personas o se resguardaban de la lluvia o esperaban el autobús. Por la cantidad de gente, se habían apretado unos contra otros. Muchos estaban mitad mojados, mitad secos.
La lluvia arreció a más no poder. El agua que caía por los bordes del techo de la parada y se encharcaba en el suelo empezó a correr como un arroyo junto al bordillo. Llegó un autobús. La mayoría de la gente subió a ese autobús. El autobús que esperaban Fırat y Zehra aún no había llegado. Junto con ellos, unas pocas personas siguieron esperando en la parada mientras miraban la lluvia.
En esos mismos minutos, en una oficina vacía de un edificio comercial desde el que se veía la parada, esperaban unos cuantos hombres. Uno de ellos vigilaba la parada y sus alrededores con unos prismáticos. Era Çeto, al que se habían llevado a las montañas doce años atrás. Aquel niño de catorce años secuestrado se había criado en los campamentos de la organización; con distintos nombres en clave lo habían arrastrado a diversas acciones y, con los años, se había convertido en uno de los hombres que tomaban parte en acciones en las metrópolis.
Cinco días antes había entrado en Turquía desde Europa y se había reunido con los miembros de la organización en Estambul. La bomba que habían preparado juntos la habían puesto en manos de un niño, y media hora antes le habían hecho dejar la bolsa en la parada. Ahora esperaban a que la bomba estallara.
Cuando Çeto miró la parada con los prismáticos, vio primero en la cara de Fırat un rastro borroso del niño que Fırat había sido. Luego distinguió los ojos negros bajo las cejas pobladas. Aquellos ojos que en la aldea todos encontraban parecidos a los suyos… Después de tantos años, reconoció por los ojos al hermano pequeño que dormía a su lado.
Tiró los prismáticos al suelo. La bomba era de relojería y faltaban segundos para que estallara. Bajó las escaleras corriendo.
En ese momento apareció a lo lejos un hombre joven que corría hacia la parada dando voces. Decía algo incomprensible, pero el ruido de la ciudad y el sonido de la lluvia impedían que se oyera lo que decía.
El hombre corría a la desesperada y, a medida que se acercaba, gritaba una y otra vez la misma palabra:
—¡Corred! ¡Corred!
Fırat no logró entender quién era aquel hombre que corría hacia ellos. El hombre, en cambio, corría con todas sus fuerzas para alcanzar al hermano con el que años atrás había dormido en la misma cama.
Justo en el instante en que el hombre que daba voces alcanzó la parada, se produjo una explosión terrible.
De pronto, el estruendo de la explosión, los alaridos de la gente y el estrépito de los cristales rotos convirtieron aquel lugar en el fin del mundo. La lluvia caía a más no poder. Çeto, en el último instante, se lanzó sobre Fırat. La onda expansiva le arrancó a Fırat una pierna, y a Zehra, el brazo derecho. A Çeto, además, se le clavó en la frente un gran trozo de cristal.
Todo se sumió de pronto en el caos. La sangre del suelo se mezclaba con el agua de la lluvia. Tras la explosión cayó un relámpago terrible. La luz del relámpago iluminó por un instante la sangre del suelo, las extremidades cercenadas y los cuerpos inmóviles.
Fırat vio una sombra que se tendía sobre él. Luego pudo distinguir que también Zehra caía a su lado como una sombra, y la sangre a su alrededor. Lo último que vio fue la sangre que se mezclaba con el agua de la lluvia, y lo último que oyó, el trueno que siguió a un estruendo terrible.
Muchas personas habían resultado heridas, muchas personas habían muerto.
Zehra, con un último esfuerzo, tocó el pelo de Fırat con la mano que le había quedado sana. Luego sus ojos se quedaron clavados en un punto.
Con la acción que había preparado, Çeto había matado a su hermano, a la mujer que su hermano amaba, a muchas personas inocentes y, al final, a sí mismo. Matar no era ni la primera acción del hombre ni la última; la historia se había manchado con la sangre derramada y mandada derramar no solo para sobrevivir, sino para acumular poder.
Aquel día, en aquella parada, la lluvia se llevó la sangre y el trueno, la esperanza; la sombra, en cambio, se quedó sobre este país.
FIN