Cuando los camellos eran pregoneros y las pulgas eran barberos, un escritor, mientras pensaba con calma y sin prisa, tomó la pluma en la mano y se puso a contar. Oigamos lo que dijo.
En un tiempo desconocido, en una comarca desconocida, había una gran ciudad de nombre desconocido.
Un día de primavera, los habitantes vieron sentado justo en el centro de aquella ciudad a un forastero al que no conocían de nada. El primer día no le dieron importancia, pero como el forastero no se levantaba nunca de allí y no dejaba de mirar dentro de un artilugio que tenía en la mano, aquello llamó la atención.
Se acercaron al forastero y le dijeron: «¿Qué es ese artilugio y adónde miras tú?».
«Si miras dentro de este artilugio, ves cualquier cosa que imagines. Además, yo veo también lo que pasará en el futuro próximo», dijo el forastero.
Todos los que lo oyeron se quedaron asombrados. El rumor echó a correr. Todos venían a ver al hombre. Poco después, oleada tras oleada, los espectadores empezaron a agolparse y amontonarse alrededor del hombre.
Los notables de entre los habitantes de la ciudad hablaron entre ellos: «Ya que existe una cosa así, este hombre tiene que saber por fuerza qué pasará en esta ciudad dentro de diez días. Entonces, preguntémosle. Si sabe lo que pasará al cabo de un tiempo, quiere decir que dice la verdad».
Los notables de la ciudad le preguntaron a este forastero, que seguía mirando dentro del extraño artilugio que tenía en la mano: «Ya que tú ves el futuro, entonces te vamos a preguntar una cosa. ¿Qué pasará en el futuro próximo?».
El forastero, mirando con aire de suficiencia, dijo: «Pronto reinará la pereza en esta ciudad, nadie pensará ya en nada, llegará un momento en que todos vivirán como en un sueño, y todos se pasarán la vida discutiendo y peleándose unos con otros».
«¿Cómo puede ser eso?», dijeron a coro. A todos los invadió la curiosidad.
El forastero se montó una carpa y en la puerta de la carpa escribió: «Entrar y mirar el artilugio durante dos minutos es gratis».
La gente empezó a hacer colas a la puerta de la carpa y a arrebatarse unos a otros el turno para entrar, a empujones y codazos.
De los que entraban y salían, quién dijo: «Yo he visto un dragón»; quién dijo: «Yo he visto algo nunca visto hasta ahora»; quién dijo: «He visto una mujer desnuda»; quién dijo: «He visto a un Hércules»…
Todos vieron todo lo que imaginaban y empezaron a contárselo unos a otros. Al cabo de unos días estalló una discusión entre el pueblo.
«¿Puede ser una cosa así? ¿Puede ser una cosa asá? ¿Cómo puede ser eso? No, no es asá, es así. Tú eso no lo puedes ver, yo eso lo he visto, pero ¿cómo puede ser?», discutían sobre cosas por el estilo.
Mientras tanto, una vez que el forastero hubo acostumbrado a todos a entrar en la carpa y mirar el artilugio, escribió en la puerta de la carpa que mirar durante dos minutos ya era de pago.
Los clientes, en lugar de disminuir, aumentaron. En la ciudad todos empezaron a hablar del artilugio de este hombre y de lo que habían visto dentro; cada cual decía la suya.
Las discusiones se avivaron. Mientras tanto, en el campo, en la tienda, en el taller, se descuidó el trabajo y se instaló la pereza. Ya todos sentían curiosidad por el artilugio y por lo que verían dentro del artilugio.
Desde la mañana hasta la medianoche, las colas ante la carpa no se acababan nunca. Quien miraba, mientras miraba, veía dentro del artilugio cualquier cosa que imaginara.
Desde quien imaginaba a una mujer hermosa hasta quien se imaginaba rico y rey, llegó un momento en que todos lo imaginaban todo. Como lo imaginado resultaba más cómodo y agradable que la vida real, la gente ya no se apartaba de la puerta de la carpa.
Diez días después, los notables de la ciudad se reunieron y fueron a hablar con el forastero.
El forastero dijo: «Ya os lo dije. Mirad, la gente ha empezado a discutir unos con otros; todos han descuidado trabajo y quehaceres, se han vuelto perezosos, ha llegado un momento en que todos viven en un sueño».
Los notables, que escuchaban al forastero, dijeron: «Sí, tú dices la verdad; tú viste también lo que iba a pasar en el futuro. Quiere decir que eres un hombre de gran sabiduría y entendimiento. Entonces, ¿quieres ser alcalde de nuestra ciudad?».
El hombre sabio, aunque decía «Quiero, no quiero», llevó el asunto al terreno del «Échamelo en el bolsillo». Así, el pueblo hizo alcalde de la ciudad al forastero.
Cuando ya llevaba algún tiempo de alcalde, los notables de entre los habitantes se reunieron, fueron a hablar con el nuevo alcalde y volvieron a preguntarle: «¿Qué pasará en el futuro próximo?».
Este forastero elegido alcalde, adoptando de nuevo una actitud de suficiencia, dijo: «Pronto llegarán el hambre y la carestía. Si no logramos impedirlo, habrá una gran calamidad. Si todos traen el patrimonio que tienen y me lo entregan, yo os salvaré de esta carestía, de esta calamidad».
Así, todos trajeron lo poco o lo mucho que tenían y se lo entregaron al alcalde. El pueblo, que por una parte vivía en un mundo imaginario mirando el artilugio dentro de la carpa, por otra parte, al dar también sus ahorros al alcalde, perdió hasta el dinero para comprar alimentos. A medida que se descuidaba el trabajo, la producción disminuyó, y los alimentos que quedaban empezaron también a acabarse. Así, se quedaron cara a cara con el hambre y la carestía.
El alcalde, en cambio, compró alimentos con una parte del patrimonio que había reunido y los acumuló en los graneros del palacio.
Los notables, diciendo «Este hombre no es un hombre cualquiera: sabe todo lo que va a pasar, y mira, también esto lo ha sabido. Vayamos a él, que nos salve de esta carestía», se reunieron y fueron al palacio del alcalde, y cuando llegaron, el alcalde repartió a todos solo el pan necesario para no morir.
Y todos dijeron: «¡Qué hombre tan bueno eres, qué hombre tan útil eres! Nos has salvado de esta carestía, del hambre. Si no fuera por ti, nos habríamos muerto de hambre», y expresaron su gratitud.
Desde aquel día, el alcalde dictó leyes en aquella ciudad e hizo cumplir sus leyes. Fue amado en exceso por el pueblo.
Endeudó a la ciudad con las ciudades vecinas; además, vendiendo también las tierras de la ciudad, aumentó el patrimonio de las arcas públicas y lo añadió a su patrimonio personal.
Como era él mismo quien escribía el guion y quien interpretaba el papel, en cada ocasión anunció de antemano lo que iba a pasar en el futuro. Era él mismo quien había planeado ese futuro.
FIN