En tiempos antiguos, en tiempos ya lejanos. En cierto país había un sultán. Este sultán y su visir discutían de tiempo en tiempo. En la mayoría de los asuntos, el sultán acababa teniendo razón. Pero a este hombre, su visir y su ayudante, también le tenía mucho cariño, y confiaba en él.

A veces, de noche, él y su visir salían disfrazados y, ya fuera en posadas, calles, patios, bodas o pedidas de mano, en fin, dondequiera que hubiera una reunión, allí iban, escuchaban al pueblo y eran testigos de lo que ocurría.

Un día entre tantos y una noche entre tantas, volvieron a disfrazarse con hábitos de derviche y salieron los dos a mezclarse con el pueblo. Mientras recorrían las calles de la ciudad, oyeron a tres personas que, en un patio, junto a un fuego encendido, hablaban de forma animada y acalorada.

El sultán y su visir se escondieron en la oscuridad, fuera del patio, de modo que pudieran oír la conversación junto al fuego.

Uno de los tres dijo: «Si en este mundo la bella esposa del sultán fuera mía, no querría nada más».

El segundo dijo: «Si aquel terreno sin fin y sin límites detrás del cementerio fuera mío, no querría otra cosa».

El tercero, en cambio, dijo: «¿Qué hago yo con esas cosas? Todo eso se compra con oro. Si tuviera dos cubos llenos de oro, no querría absolutamente nada más».

El sultán, que había oído todo aquello, le dijo al visir que estaba a su lado: «Grábate bien esta puerta, visir», tras lo cual se pusieron en camino para volver al palacio.

En el camino de vuelta, el sultán le preguntó a su visir: «Si les concediéramos a estos hombres todo lo que quieren, ¿qué crees que pasaría, visir?».

—Serían hombres muy felices y ricos, mi sultán. Y además, uno de ellos quiere algo que es imposible conceder. Pidió a vuestra consorte.

—Observa y verás, visir. A ver qué pasa.

—Vos sabréis, mi sultán —dijo el visir.

A la mañana siguiente, el sultán mandó llamar al visir y le dijo: «Ve a la puerta que anoche te dije que te grabaras, toma a las tres personas que hablaban en la noche y tráemelas».

El visir recibió la orden, fue, encontró a las tres personas y las condujo a presencia del sultán. El sultán miró a aquellos pobres hombres que temblaban ante él de miedo y de nervios, y dijo: «Si respondéis con la verdad a lo que os voy a preguntar, aquello de lo que hablasteis anoche junto al fuego será vuestro. Os concederé lo que queréis; de lo contrario, seréis ejecutados», tras lo cual fue a sentarse en su trono.

—Ahora decidme, a ver, ¿qué deseasteis anoche junto al fuego? Pero ni se os ocurra mentir.

Al oír esto, los hombres vieron que no tenían otra opción que decir la verdad. Pues habían comprendido que el sultán debía de saberlo ya todo. «Al menos digamos la verdad y encomendémonos a su clemencia. Tampoco hay otro remedio», pensaron.

El primer hombre empezó a contar: «Larga vida a mi sultán. Antes que mentir, me entrego a vuestra clemencia y a vuestra conciencia. Me dejé llevar por el diablo y dije: quiero que la bella esposa del sultán sea mía, no quiero otra cosa en el mundo».

El sultán, después de atusarse la barba, dijo con voz tranquila: «Mi esposa es tuya a partir de mañana. Mañana temprano te la enviaré a casa, te doy mi palabra».

Dirigiéndose al segundo hombre, el sultán preguntó: «¿Y tú?». El hombre empezó a contar: «Larga vida a mi sultán. Yo, por mi parte, dije: que sea mío aquel terreno grande, fértil y llano detrás del cementerio de la ciudad, no quiero nada más».

Mirando al hombre, el sultán dijo: «El terreno es tuyo a partir de mañana por la mañana».

Cuando el sultán se dirigió al tercer hombre, el hombre empezó a contar: «Larga vida a mi sultán. No sé si dije la verdad, pero dije: el oro compra tanto a la mujer como la tierra. Quiero dos cubos llenos de oro, no quiero nada más».

El sultán se dirigió a sus guardias y dijo: «Dadle también a este hombre dos cubos llenos de oro y dejadlo marchar».

Así, los hombres se marcharon del palacio. Al día siguiente, a primera hora, a la puerta del hombre que había pedido a la esposa del sultán llegaron la esposa del sultán y las criadas de su séquito.

Al llegar a casa del hombre, la esposa del sultán quiso una habitación para cada una de las cinco criadas que la acompañaban. Quiso que le mostraran el hamán para lavarse. Quiso una habitación aparte para sus vestidos.

El hombre vio que las exigencias de la esposa del sultán no tenían fin, y que esas exigencias eran las exigencias de la vida a la que la mujer estaba acostumbrada. Cabizbajo, el hombre se dirigió a la esposa del sultán y le dijo: «Pero yo no puedo hacer frente a todo esto».

La esposa del sultán, mirando al hombre fijamente a los ojos, con enojo, le dijo: «Oye tú, hombre insensato. Sin mirar siquiera tu condición, deseas tener a la esposa del sultán. Desea algo que tu poder alcance y que puedas poseer. ¿Por qué deseas lo que no puedes poseer, hombre insensato? Si, sin ser sultán, sin poseer los medios del sultán, deseas tener a la esposa de un sultán, has cometido un error tal que mereces la muerte», tras lo cual dijo a los guardias que la acompañaban: «Cortadle la cabeza a este hombre».

Así, el hombre se quedó sin cabeza, aunque había conseguido lo que quería.

Al segundo hombre le dieron el terreno sin fin y sin límites detrás del cementerio de la ciudad. Pero para cultivar el terreno hacían falta medios como jornaleros, arado, semillas, bueyes. El hombre, sin embargo, no tenía nada de eso.

El hombre fue entonces al usurero de la ciudad y le pidió dinero para bueyes, arado, semillas y jornaleros. El usurero quiso un interés alto. El hombre tuvo que aceptar. Cultivó el terreno y, cuando llegó la siega, recogió la cosecha. Le pagó su deuda al usurero. Y no le quedó nada de dinero.

Cuando los guardias del sultán vinieron a exigir el impuesto de la cosecha, el hombre no pudo pagar el impuesto, porque no le había quedado dinero.

Entonces el sultán mandó llamar al hombre y le dijo: «Yo te di lo que querías, pero tú no has podido hacer frente ni siquiera a mi impuesto. ¿Has visto el daño que trae querer una propiedad que tu poder no alcanza, una fortuna que no puedes administrar? Yo he perdido mi impuesto, y tú has trabajado un año para nada. Por poner los ojos en la propiedad ajena, por la codicia, por obrar sin hacer cuentas y, encima, por no pagar mi impuesto, te condeno a la mazmorra. Echad a este hombre a la mazmorra de por vida».

En cuanto al tercer hombre, el día en que recibió los dos cubos llenos de oro se puso en camino llevándolos consigo. Unas cuantas personas que habían visto el oro se le pegaron a los talones. En un lugar en el que se encontró solo, los ladrones que lo seguían hirieron gravemente al hombre y lo abandonaron a la muerte.

Al hombre le quitaron el oro de las manos.

Los guardias del sultán, que lo seguían a cierta distancia, vieron en qué estado se encontraba el hombre y avisaron al sultán. El sultán llegó hasta allí y, al encontrar al hombre gravemente herido, le dijo: «Oh, hombre insensato, ¿para qué querer una fortuna que no puedes proteger? Mira, ahora has perdido también la vida, y con lo bien que vivías», tras lo cual el hombre expiró.

Dirigiéndose a su visir, el sultán dijo: «El poder atrae siempre a los malvados y envenena a los buenos. Si quien posee el poder no tiene poder para oponerse al mal, si no está seguro de su propia bondad, para él es mejor no querer el poder que quererlo».

FIN