El mundo en el espejo del poder
Las élites y los políticos que se encuentran, en parte, bajo su influencia moldean hoy la vida de ocho mil millones de personas; también son responsables de una parte importante del sufrimiento que esas personas padecen. Cuando hablo de élites me refiero a esos círculos reducidos que obtienen su poder no de las urnas, sino de la propiedad; que controlan los flujos de capital, los recursos energéticos, los medios de producción y los canales de información. A veces lo hacen mediante guerras fronterizas, otras mediante demostraciones de fuerza y otras invocando distintos conflictos como justificación. El orden humano y el orden del mundo se configuran por el poder mismo y por los efectos que produce.
En los países desarrollados, los sistemas institucionales protegen hasta cierto punto a amplios sectores de la sociedad, pero esa protección no es suficiente. En los países en desarrollo es más débil y más frágil. En los países menos desarrollados, el dolor y la miseria se muestran con toda su crudeza. No hay tres mundos distintos; son tres profundidades de un mismo orden.
«¿En el mundo de quién se viven, entonces, este dolor y esta miseria? ¿O acaso el mundo pertenece a alguien distinto de quien imaginamos?»
El rostro pulido de la civilización y el vacío interior
Resulta extraño que, en la época que habitamos, la humanidad parezca a la vez más desarrollada y sufra como nunca. Mientras una parte de los indicadores materiales mejora —desciende la mortalidad infantil, aumenta la alfabetización—, los indicadores que miden cómo se siente el ser humano avanzan en dirección contraria. Ese es el verdadero asunto. Se ha pulido el rostro exterior del ser humano que parece civilizado; el interior, en cambio, ha quedado abandonado a los dolores de un vacío emocional. Lo que debemos comprender es el reverso intelectual de este extraño teatro. Ese vacío interior no es casual; el propio orden lo produce.
Sin embargo, el mundo no pertenece a las élites ni a los políticos que se encuentran parcialmente bajo su influencia. El mundo, la naturaleza y los bienes de la tierra deberían ser patrimonio común de la humanidad, pero hoy se han convertido en privilegios difíciles de alcanzar. También esto es un espejo revelador del punto al que ha llegado el capitalismo. La distribución de la renta es profundamente desigual; la brecha es ya demasiado grande para ocultarla. Porque la paz, el amor, la comprensión, la moral y la justicia no son adornos de la economía, sino sus cimientos; cuando los cimientos se agrietan, todas las cifras que se alzan sobre ellos han sido medidas de forma equivocada.
«Justo en este punto, el espejo no solo nos muestra el rostro exterior, sino también el vacío que llevamos dentro.»
Nosotros también estamos en el espejo
Lo que ocurre es lo siguiente: por un lado, se deja al ser humano en la pobreza económica; por el otro, se le somete a la presión infinitamente seductora de «comprar». Queda suspendido y dividido entre la apariencia de la abundancia y la realidad de la privación.
Y aquí empieza la verdadera dificultad del espejo. En él no están solamente ellos. Entre los ocho mil millones también estamos nosotros: quienes compramos a pesar de la presión, elegimos no ver, esperamos nuestro turno y no alzamos la voz. El espejo no deja a nadie fuera; también muestra a quien lo mira. Decirlo no exime a las élites de su responsabilidad —su parte es grande—, pero tampoco vuelve invisible la nuestra.
En ese rostro suspendido en el espejo, los problemas personales y sociales aparecen con toda su desnudez. En el plano social se reflejan la ansiedad, la agitación y el desasosiego; en las familias, la desintegración; en el individuo, los traumas psicológicos y la depresión. Es aquí donde surgen problemas profundos y estructurales que se alimentan unos a otros. Y estos, a su vez, producen nuevos círculos viciosos.
Por las razones expuestas, esa imagen fragmentada del espejo también hace visibles los problemas morales. En las sociedades dogmáticas se intenta superar esos problemas mediante la religión; sin embargo, ese esfuerzo suele ser insuficiente y puede incluso derivar en la explotación de la fe y el dogmatismo político.
Para cubrir el vacío moral, los gobernantes endurecen las leyes. Cuando se rompe el equilibrio de la justicia, puede considerarse necesario endurecerlas; pero con ello la cuestión no queda resuelta. Limitarse a agravar el castigo no sirve mientras los problemas fundamentales permanezcan intactos. Así aparece con toda claridad el verdadero problema: el problema de la moral y la justicia. El espejo muestra los puntos ciegos del ser humano civilizado. Esta imagen parece un breve tráiler de hasta qué punto alguien puede parecer civilizado y, al mismo tiempo, permanecer lejos de la civilización.
La vida continúa en medio de todos estos problemas. Sale el sol; se pone el sol.
El tiempo avanza; los políticos y las élites apartan la mirada de los problemas.
Y el círculo vicioso se hace cada vez más profundo.
La educación como comienzo de una salida
«¿Es posible salir de este círculo vicioso? Sí; pero antes debemos tener el valor de reconocer lo que tenemos delante.»
Y si hay que empezar por algún lugar, debe ser por este: urge reconocer que ha comenzado una nueva era del conocimiento y reconstruir desde sus cimientos el sistema educativo. La escuela de hoy todavía forma personas para trabajos que las máquinas arrebatan cada día de las manos humanas. Un sistema que mide la memorización, premia la obediencia y considera el pensamiento una pérdida de tiempo produce seres humanos sin los conocimientos necesarios para cuestionar la distribución de la renta, sin la filosofía necesaria para distinguir la moral de la coerción y sin la conciencia necesaria para ver el origen de su propia ansiedad. Las políticas de renta, las reformas de la justicia, las políticas de protección de la naturaleza: todas son necesarias; pero mientras no formemos personas capaces de exigirlas, debatirlas y sostenerlas, todas permanecerán sobre el papel. La educación es la condición previa de las demás soluciones, no porque ocupe el primer lugar de una lista, sino porque hace posibles las otras.
No debemos olvidar que la paz, el amor, la comprensión, la moral y la justicia no son adornos de la economía, sino sus cimientos. Si los cimientos están dañados, todo lo que se levante sobre ellos acabará deteriorándose tarde o temprano.
Si queremos cambiar el rostro que aparece en el espejo, primero debemos formar al ser humano capaz de mirar ese espejo.