Las capas de la ignorancia

La ignorancia… Esta palabra, que a primera vista parece nombrar solo una falta de conocimiento, es en realidad polifacética y estratificada. Tiene un lado relativo, distinciones de definición y distintas formas de peligro. Por eso explicar la ignorancia solo como «no saber» resulta insuficiente para la filosofía, la sociología y la psicología. La cuestión de fondo es en qué capa del no saber se encuentra la persona: una capa la abre al aprendizaje, las otras la cierran. Y quienes pudren a la sociedad son los que se cierran.

La falta de conocimiento de quien sabe que no sabe no es, por sí sola, un gran peligro para la sociedad; porque quien admite su carencia está abierto al aprendizaje. Esa persona es candidata a alejarse de la ignorancia. La ignorancia compuesta, en cambio, está doblada sobre sí misma y constituye el terreno verdaderamente peligroso: la persona toma su error por conocimiento; y como no admite su error, se cierra también al aprendizaje. La ignorancia simple es un recipiente vacío; la ignorancia compuesta, un recipiente lleno de errores hasta el borde. En uno puedes poner algo; al otro hay que vaciarlo primero de lo que contiene, y eso casi nunca es posible.

Existe además la ignorancia deliberada. Es el tipo de ignorancia que se elige. Aquí la persona huye de la realidad y quiere permanecer en su zona segura. En cierto sentido ha elegido el método de defender su existencia dentro de un espacio oscuro. Rechaza el conocimiento y rehúye la investigación. También esta, aunque no tanto como la anterior, se alza ante nosotros como una forma peligrosa de ignorancia.

Estos dos tipos se confunden con facilidad, pero la diferencia entre ellos es tajante: en la ignorancia compuesta la persona no sabe que no sabe; en la ignorancia deliberada elige no saber. Una es un defecto de la vista, la otra un defecto de la voluntad. La primera se equivoca; la segunda consiente. A una se la compadece; a la otra se le pide cuentas.

Conocimiento certeza y nuestra propia oscuridad

El fenómeno conocido en la literatura psicológica como efecto Dunning-Kruger —que no es una definición de la ignorancia, sino solo uno de sus síntomas— señala la tendencia de las personas de baja competencia a exagerar sus propios conocimientos y habilidades. En pocas palabras: quien poco sabe pretende saberlo todo. En cambio, quien mucho sabe adopta una actitud más prudente, porque es consciente de la vena escéptica de la filosofía. Como es sabido, una de las actitudes de la filosofía es el escepticismo: dudar de todo y de toda idea, incluso de la propia. En este sentido, tales personas están abiertas a la crítica y no se irritan ante los enfoques críticos. El hallazgo mismo ha sido objeto de debates metodológicos en los últimos años; pero eso no cambia aquello a lo que apunta este ensayo. Cuanto más sabe una persona, más baja la voz. Porque la certeza no es la voz del conocimiento, sino el eco del vacío.

Recapitulando brevemente: no saber que no se sabe —falta de conciencia—; defender información falsa —tomar el error por verdad—; resistirse a aprender —estar cerrado al cambio—; enaltecer la propia oscuridad —exhibir la ignorancia como si fuera una postura—; negarse a oír la verdad —ver la realidad, por diversas razones, como una amenaza.

La ignorancia se parece, en cierto modo, a ver salir el sol y seguir durmiendo creyendo todavía que es de noche. A estas personas la oscuridad no les llega de fuera, sino de dentro.

Sin embargo, al decir «esas personas» no podemos situarnos fuera de la oscuridad. Ver la ignorancia solo en el otro es una de las maneras en que el ser humano protege la suya propia. En el instante en que nos proclamamos dueños de la verdad y declaramos al otro habitante de la oscuridad, cerramos desde dentro la puerta que se abre al aprendizaje. Por eso la ignorancia no es solo un defecto de ellos, sino una condición en la que cualquier persona puede caer en la medida en que no cuestione su propia certeza.

El coste social de la ignorancia

Desde otro punto de vista está el peligro social de la ignorancia. Puede corromper a la sociedad en general, a la democracia e, indirectamente, a la justicia, la moral, la educación en su conjunto y la estructura social, y convertirse así en causa de podredumbre.

Una sola escena da la medida del asunto: quien compra un kilo de fruta en el mercado piensa a veces diez minutos para elegirla. Aparta la podrida, pregunta el precio, mira la balanza, compara con otro puesto, la devuelve si no le gusta. Esa misma persona no piensa tanto al elegir el gobierno al que entregará durante años su propia vida, la educación de su hijo, su turno en el hospital, el valor del dinero que lleva en el bolsillo. Quien, por orgullo, no soporta ser engañado en un kilo de fruta acepta con serenidad ser engañado en todo un país. Porque lo podrido de la fruta se ve enseguida; lo podrido del poder solo se hace visible años después. Ese es el aspecto más taimado de la ignorancia: retrasa su daño, y por retrasarlo, nadie lo reconoce como la factura de la ignorancia.

Es decir: en las sociedades democráticas los gobiernos se eligen con el voto del pueblo. Si la gran mayoría de la sociedad se halla en alguna capa oscura de la ignorancia, los gobiernos quedan determinados por esas capas oscuras e ignorantes. Y ahí empieza exactamente el problema, porque la sociedad, sin saberlo, lleva con su propia mano su propia oscuridad al gobierno.

Un poder así es consciente de que se alimenta de la ignorancia. Alimenta la ignorancia deliberadamente. Pero aquí hace falta una distinción, porque lo que verdaderamente agranda el peligro no es la ignorancia en sí. La ignorancia dispersa se anula a sí misma; si cada cual se equivoca en una dirección distinta, los errores se amortiguan en buena medida en las urnas. Lo destructivo es que millones de personas tomen el mismo error de la misma fuente. En realidad el poder no produce la ignorancia: la alinea.

La ignorancia entra en un círculo vicioso y, al descender a una profundidad negativa, la oscuridad engendra una oscuridad aún más cerrada. Al final, un poder sin mérito lleva a los cargos a personas sin mérito. La amenaza se extiende primero a la educación y después a la justicia. Cuando la oscuridad alcanza los precios de los estantes, la economía y la producción, las vidas empiezan a hacerse difíciles. Y justo en ese punto la moral comienza a degradarse y la sociedad a pudrirse. Como se trata de un círculo vicioso, existe el riesgo de que la oscuridad continúe durante largos siglos y generaciones. Esa generación paga la factura hasta el final; solo que no puede leer lo que hay escrito en ella. Por eso vuelve al mismo puesto con la misma confianza.

La grieta en el círculo vicioso

Aquí hay que ser honestos: este círculo no tiene una salida inmediata conocida. Es fácil decir que la solución es la educación; pero ¿quién gobierna la educación? El propio poder que se alimenta de la ignorancia. Es decir, la medicina está en manos de quien porta la enfermedad. Rousseau quedó atrapado en el mismo nudo hace doscientos cincuenta años: para poder dictar buenas leyes, el pueblo tendría que estar ya donde esas leyes lo llevarían. No voy a ofrecer aquí una solución súbita y definitiva; hasta hoy tampoco se ha ofrecido ninguna de ese tipo. Solo puedo añadir esto: el peligro de la oscuridad no proviene de que sea oscura, sino de que todos miren en la misma dirección. Aun así, la historia está llena de ejemplos en los que este círculo se ha resquebrajado no solo en las urnas, sino con un cambio de generación, con un derrumbe o con una sola persona que empieza a dudar de su propia verdad.

¿Y qué son estas grietas? ¿La revolución? En parte. Mirando la historia se ve que la mayoría de las revoluciones no rasgaron la oscuridad, sino que solo cambiaron a su dueño. La Francia de 1789 acabó en la guillotina; la Rusia de 1917, en el poder de un solo hombre; el Irán de 1979, en un nuevo absolutismo. La razón es clara: esas rupturas derribaron al poder, pero no tocaron la forma de conocer de la sociedad. Y sin embargo la ignorancia no estaba solo en el poder, sino en la sociedad misma. No basta con cambiar al que está arriba; hay que cambiar la vena que alimenta al que está arriba. De lo contrario, el nuevo poder se instala con la misma comodidad en la oscuridad que dejó el anterior.

Pero aquí hay que guardarse también de otro engaño: acceder al conocimiento y saber no son lo mismo. La imprenta multiplicó la verdad tanto como la mentira; entre sus primeros grandes productos estuvieron los manuales para cazar brujas. La radio llevó en la misma onda la noticia de la libertad y la propaganda. Hoy tenemos el acceso a la información más amplio de la historia humana, y la ignorancia no ha retrocedido: solo ha cambiado de caparazón. Porque quien está atrapado en la ignorancia compuesta se sienta ante mil fuentes, elige entre ellas la que confirma sus convicciones y se levanta de la mesa aún más seguro. La oscuridad no venía de fuera; por eso la luz que viene de fuera tampoco basta para disiparla.

Entonces, ¿dónde se abre la grieta? No allí de donde viene el conocimiento, sino allí donde la persona le entreabre la puerta. Lo que cambia a una sociedad no es la existencia de una segunda fuente, sino que alguien, en lugar de tomar esa fuente por enemiga o por ruido, sea capaz de decir «quizá». Esa es la filtración: que una persona consienta en dudar de su propia verdad. La tecnología no puede transportar eso, el poder no puede concederlo; solo la educación puede multiplicarlo. Educación no en el sentido de amontonar conocimientos, sino en el de enseñar a dudar. Precisamente por eso es lenta, dura generaciones y pasa de persona a persona. Igual que la oscuridad viene de dentro, también la luz entra desde dentro. El círculo vicioso no es una habitación cerrada, sino un recipiente que gotea; y lo que lo hace gotear no es el conocimiento que cae desde fuera, sino la primera grieta que se abre dentro.

En este punto la solución puede perderse en la oscuridad. Sin embargo, la solución existe siempre y el sol sale siempre. La cuestión es que la sociedad no puede ver que el sol ha salido. Quizá el primer paso no sea ver salir el sol, sino dejar de creerse despierto.