Estás sentado en un café. A tu alrededor hay decenas de personas. Todos hablan, ríen o miran el teléfono. Sin embargo, tú te sientes solo. Porque la soledad ya no se vive únicamente en el silencio; también se experimenta en medio de la multitud.
El nuevo rostro de la soledad
La sociedad moderna liberó al individuo, pero al mismo tiempo lo volvió más solitario. La familia se redujo, el barrio se fragmentó y los vínculos sociales comenzaron a deshacerse. La solidaridad cedió su lugar a la competencia, la conversación a las notificaciones y la convivencia vecinal a relaciones dirigidas por algoritmos. Por supuesto, este cambio tiene muchas causas.
Hubo un tiempo en que las familias extensas vivían juntas: abuelos, padres, tíos y niños compartían el mismo techo. Los problemas se resolvían entre todos y el sentimiento de soledad se disipaba mediante la solidaridad. Aquella estructura constituía una sólida red social que protegía a la persona.
Más hogares, menos vínculos
El capitalismo no fue la única causa de esta disolución. Sin embargo, la lógica de crecimiento de la economía de consumo se benefició de la fragmentación de los hogares. Al fin y al cabo, a una sola casa únicamente se le podía vender un televisor, un frigorífico y un automóvil. Para vender más, el sistema necesitaba crear más hogares.
Y lo consiguió...
Las familias se dividieron: los abuelos se mudaron a una casa separada, otros familiares a sus propios hogares, mientras padres e hijos formaban el núcleo familiar. Cuando el hijo crecía, también se mudaba a otra vivienda. Cada división significaba una casa nueva, más objetos y otro vehículo. El capitalismo había encontrado la forma de sacar cinco pieles de una sola oveja.
¿No había dinero? Tampoco era un problema. El sistema financiero facilitó el endeudamiento. Se compraron viviendas a crédito, electrodomésticos a plazos y automóviles mediante arrendamiento financiero. Así se colocó sobre las espaldas de las personas una carga económica y en sus corazones el peso de la soledad.
La familia se dividió y los objetos se multiplicaron. Disminuyó la solidaridad y aumentaron las deudas. Con su arquitectura invisible, el capitalismo transformó no solo nuestros hogares, sino también nuestras relaciones.
El concepto de «modernidad líquida» de Zygmunt Bauman describe el reflejo de esta transformación en las relaciones: los vínculos humanos también pierden su estabilidad y se vuelven temporales, superficiales y rápidamente consumidos.
¿Es posible volver atrás?
Entonces, ¿cuál es la solución? ¿Regresar al pasado?
Me temo que el camino de regreso ya está cerrado. Por eso, a mi juicio, la salida más importante que nos queda es esta:
Reconocer en qué nos han convertido.
Esta conciencia no nos devolverá al pasado. Pero puede ayudarnos a ordenar nuestro presente y a construir el futuro dentro de nuestra época, guiados por nuestras propias decisiones.
Aquí puede surgir una objeción: ¿Es posible responder a un problema estructural mediante una actitud individual?
No, no podemos cambiar por nosotros mismos toda la arquitectura del sistema. Pero comprender cómo nos moldea nos permite decidir hasta qué punto nos entregaremos a él en nuestra vida cotidiana. Por eso, la conciencia no es un consuelo impotente, sino el primer espacio real desde el que podemos actuar.
Elegir con criterio
Debemos ser selectivos ante lo que impone la sociedad de consumo, no ir más allá de nuestras necesidades reales y no olvidarnos nunca de nosotros mismos. No debemos permitir que las condiciones económicas deterioren las relaciones familiares; y debemos reconocer que la ansiedad no siempre es la realidad misma.
La ansiedad puede hacer que una pequeña posibilidad parezca una catástrofe que ya ha ocurrido. Puede hacernos sentir como real algo que todavía no ha sucedido. Con frecuencia, esta amenaza no nace de la realidad, sino de nuestra percepción.
Quedar atrapados cada día en las noticias negativas que fluyen desde los teléfonos y la televisión, en las imágenes falsas de las redes sociales y en la información contaminada de internet significa entregar la dirección de nuestra vida a otros.
Por supuesto, no estoy diciendo que debamos eliminar por completo la tecnología de nuestras vidas. La tecnología seguirá existiendo. Pero precisamente por eso debemos elegir con criterio y alejarnos de los contenidos que afectan continuamente nuestras emociones de manera negativa.
Esto no es indiferencia.
Es una nueva forma de protegernos en nuestra época.